Parálisis cerebral infantil: entender y acompañar

13 de Abr 2025

Dra. Lorena Pastor Ferrándiz
Especialista en pediatría y nutrición infantil en el Hospital Universitario San Juan de Alicante

 

La parálisis cerebral infantil es la causa más frecuente de discapacidad en la edad pediátrica. Engloba un conjunto de síndromes neurológicos no progresivos, es decir, que no empeoran con el tiempo, y que se caracterizan por alteraciones del movimiento, la postura y la actividad general. Estas alteraciones suelen ir acompañadas de otras comorbilidades, como trastornos sensoriales, cognitivos, comunicativos o de la conducta, epilepsia, así como dificultades relacionadas con la alimentación y la nutrición.

Los síntomas suelen estar presentes desde el nacimiento, aunque en algunos casos pueden pasar desapercibidos durante las primeras semanas o meses de vida y hacerse más evidentes conforme avanza el desarrollo del niño. Entre los signos más habituales se encuentran las alteraciones del tono muscular —ya sea aumentado o disminuido—, los trastornos del movimiento y las dificultades posturales. Existen distintos tipos de parálisis cerebral (espástica, discinética, atáxica, entre otros) y, en ocasiones, no es posible definir con precisión el tipo concreto hasta los 3 o 4 años de edad. Por este motivo, resulta fundamental un seguimiento precoz y continuado en unidades multidisciplinares especializadas.

La parálisis cerebral infantil se produce como consecuencia de una lesión o anomalía en el cerebro en desarrollo o inmaduro. Las causas pueden clasificarse según el momento en el que ocurre la agresión cerebral. En el periodo prenatal, se incluyen factores maternos como alteraciones de la coagulación, enfermedades autoinmunes, hipertensión, infecciones intrauterinas, traumatismos o exposición a sustancias tóxicas; alteraciones de la placenta, como trombosis o infecciones; y factores fetales, como gestaciones múltiples, retraso del crecimiento intrauterino, polihidramnios o malformaciones. Las causas genéticas son poco frecuentes.

En el periodo perinatal, aunque tradicionalmente se ha señalado la asfixia perinatal como causa principal, se ha demostrado que solo explica un porcentaje limitado de los casos y suele coexistir con otros factores de riesgo. También se incluyen la prematuridad, el bajo peso al nacer, la fiebre materna o infecciones durante el parto, la hipoglucemia mantenida, la hiperbilirrubinemia, las hemorragias intracraneales, la encefalopatía hipóxico-isquémica, el traumatismo o determinadas intervenciones quirúrgicas. En el periodo postnatal, las infecciones —especialmente meningitis o sepsis—, las intoxicaciones y los traumatismos son las causas más frecuentes.

El tratamiento de la parálisis cerebral infantil no es curativo, sino que se orienta a mejorar la calidad de vida del paciente y a anticiparse a sus necesidades. La fisioterapia y la rehabilitación son pilares fundamentales para abordar los trastornos del movimiento, las alteraciones del tono muscular y las anomalías esqueléticas. Del mismo modo, resulta imprescindible el tratamiento de las complicaciones neurológicas y nutricionales, con el objetivo de favorecer un desarrollo cognitivo y ponderoestatural lo más adecuado posible dentro de la patología de base.

Las dificultades en la alimentación son muy frecuentes en estos pacientes y varían en función del grado de afectación neurológica. Entre los principales factores de riesgo nutricional se encuentran la disfagia, con riesgo de aspiración o ingestas prolongadas e insuficientes; el reflujo gastroesofágico y el enlentecimiento del vaciado gástrico; el estreñimiento, relacionado con la hipomotilidad, la hipotonía, las alteraciones esqueléticas, el bajo aporte de agua y fibra o los tratamientos farmacológicos; los cambios en el gasto energético, que puede estar aumentado o disminuido; y los efectos secundarios de determinados medicamentos.

Siempre que sea posible, se prioriza la alimentación por vía oral, adaptando las texturas y asegurando una preparación adecuada y equilibrada de los alimentos. Cuando no se alcanzan los requerimientos nutricionales por esta vía, o cuando la alimentación resulta estresante, prolongada o insegura, puede ser necesario recurrir a la alimentación por sonda o gastrostomía, así como a la suplementación enteral. En todos los casos, es fundamental vigilar el estado de hidratación y manejar de forma específica las comorbilidades asociadas, contando en ocasiones con la intervención de logopedas y foniatras, la adopción de medidas posturales durante la ingesta y el uso de utensilios adecuados.

Además del abordaje sanitario, la organización del entorno doméstico desempeña un papel clave en el bienestar y la autonomía del niño. El hogar debe ser un espacio seguro y confortable que favorezca la movilidad, la independencia y el desarrollo. Medidas como despejar los accesos, evitar alfombras o fijarlas correctamente, proteger las esquinas de los muebles, utilizar camas a nivel del suelo y adaptar la vivienda cuando sea necesario contribuyen a reducir riesgos y facilitar el día a día. La incorporación de ayudas técnicas, sistemas de domótica o elementos que mejoren la comunicación puede aumentar la autonomía y la calidad de vida del niño, siempre fomentando su propia movilidad y capacidades.

Por último, es esencial que todos los miembros de la familia participen activamente en los cuidados, promoviendo la autonomía del niño en la medida de lo posible y estimulando su desarrollo. Más allá de las dificultades, no debe olvidarse que, como cualquier otro niño, necesita afecto, comprensión, diversión y un entorno familiar sólido que actúe como principal apoyo frente a los retos diarios que plantea la parálisis cerebral infantil.

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